sábado, 7 de julio de 2007

El sexo en los años sesenta.

Fue a los 68 años cuando el padre de Andrès muriò, cuando estaba teniendo sexo con su mujer a la que le fue fiel durante por mas de 48 años. Su madre lo contò ahora, seis años despuès en una especie de comida familiar recordàndolo:
-si... el viejito era tan bueno en eso, todo un semental. Contaba como una anècdota, sus hijos esposas y nietos sentados en la mesa sonreìan.
-Con razòn somos diez hermanos, dijo Juan Carlos el mayor, y todos se largaron a reir.
Pero Andres no riò, sino que sintiò una paz, èl sabìa de antes eso.
Don Eduardo padecìa una disfunciòn erèctil propia de la vejez, asi que era "uno de esos dìas", como le decia en la intimidad a Marta, pero tambièn tenìa un problema en el corazòn que lo pillò de sorpresa esa noche haciendo su mejor esfuerzo. Andrès no lo soportò al principio, pero pensò en ese infinitesimal delta t, que talvez todo era mentira, eso del alma; su viejo asì lo creìa, era algo cientìfico, aunque iba a misa todos los domingos sagradamente a las diez como buen provinciano, solo para que Marta se sintiera bien. Talvez todo el cuerpo se desintegra... pero la materia no se desintegra, se transforma, àtomos de carbono, de calcio, partìculas del cuerpo volando por el espacio, y volviendo a la tierra que las viò nacer luego de la gran explosiòn, es algo tan oscuro, conocer,para donde vamos, etcetera, etcetera, etcetera. Todas esas extrañas ideas que le invadieron la mente, las resolviò actuando de inmediato con la tranquilidad que lo caracterizaba en los momentos difìciles: llamando a sus hermanos y llamando a la ambulancia que tardaba, -¿por què se demoran tanto-, les decìa, -...si que entre las calles Coronel y Saavedra señorita. Todo fue tan ràpido, el dolor de su madre, la llegada de los mèdicos, la atenciòn. En el hospital, Andrès, que habìa llegado en la ambulancia se bajò primero y viò cuando bajaron a su padre, llevaba una manta ploma que lo tapaba medio cuerpo hacia abajo, su camisa cafè a medio abrochar, sus ojos cerrados, la mascarilla del oxigeno que le tapaba, extrañamente, una sonrisa que le era familiar, esa sonrisa, era la sonrisa pìcara que tenìa cuando hablaba de sexo en la mesa y que lo hacìa sonrojar, ¿por que la llevaba?, Andres lo sabìa, habia escuchado minutos antes del fatal instante, en su pieza que era vecina a la de sus padres, unas risas juveniles y adolescentes, esas risas que sabìa por que eran, verla en la cara de su padre lo tranquilizò, y no quiso saber mas de ataudes y nichos, cuerpos que son parte del universo infinito, se quedò con esa imagen de su papà.
Luego alzò la copa y dijo: ahora familia, brindemos por el viejo.

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